domingo, 10 de junio de 2012

CUENTO NUMERO NUEVE



RECUERDOS  DE MI  NIÑEZ  BASADOS  EN  HECHOS  REALES: 
 DE LA ABUELA  GUAY  PARA SUS NIETOS.
MARTIN,  XAVI,  AMANDA,  BELTRAN 

BASADOS ES ECHOS REALES. NUMERO NUEVE  
:

Cuando yo tenía  de seis a siete años, iba  con mis amigas y amigos a jugar. Cuando llegaba la primavera,  íbamos a coger huevos a los nidos de los pájaros, cuando encontrábamos un nido con huevos, lo primero que hacíamos, era  un pocito y lo llenábamos de agua,  y cuando lo teníamos todo preparado, cogíamos un huevo y lo metíamos en el  agua del pozo. Si quedaba flotando, veíamos que estaba ya incubándose y lo devolvíamos al nido, pero si el huevo se iba al fondo del pozo veíamos que se podía  coger. Siempre dejábamos huevos en el nido, si tenían cuatro dejábamos dos y así sucesivamente, lo que no hacíamos era coger todos los huevos. Porque nos daba mucha pena, hablábamos, como  éramos  pequeños creíamos que los pajaritos quedaban muy triste y que  llorarían, y si dejábamos huevos  estarían muy contentos. Pensábamos que como no sabían contar, ellos viendo huevos en el nido estaban contentos y así era.

También cogíamos huevos de tordas  que eran más grandes que los de pajaritos. Y huevos de codornices y perdices. Estas ponían los nidos en el suelo, en medio de los trigales y el  centeno. Cuando íbamos a coger los huevos, teníamos que vigilarlas para ver donde tenían el nido y allí íbamos. Tenían de diez a quince huevos, siempre dejábamos la mitad y cogíamos la otra mitad.        

También cogíamos los huevos de águila, esta hacia el nido en la sierra entre la maleza. Nada más ponían de dos a tres huevos, cogíamos uno nada más. Eran como los de gallina.  

Cuando ya teníamos alrededor de trescientos huevos, nuestras mamas nos  hacían las tortillas, pero un año cuando ya nos las habían  hecho y ya teníamos todo preparado para empezar  a comer, vinieron los mayores y nos las comieron. Empezamos todos a llorar y nuestras mamas les regañaron mucho, les dijeron  que no volvieran a hacerlo más y a nosotros nos dijeron que nos hacían otras tortillas de huevos de gallinas. Pero les dijimos que no, que queríamos nuestras tortillas. Les partía el corazón al vernos tan tristes. No sabían qué  hacer, pero hasta el año siguiente no volvimos a comer nuestras tortillas.  
       
Nunca cogíamos huevos de cuervo, nos daba asco. Eran unos carroñeros comían toda la porquería. Ni tampoco el del cuco.  

Un día estábamos sentados a la sombra  y vimos dos pajaritos muy alborotados y nos levantamos y fuimos corriendo a ver lo que pasaba, no  entendíamos que había otro pájaro más  grande tirándoles los huevos al suelo, nos acercamos para que no les tirara todos.

Cuál  fue nuestra sorpresa, que cuando llegamos había  tres huevos pequeños y uno muy grande, dejamos los de los pajaritos y quitamos el grande. Lo llevamos a casa. Lo  contamos a nuestros papas y nos dijeron que el huevo que llevábamos era del cuco. Nos explicaron que el cuco siempre ponía el  huevo en otro nido, para que lo encubaran otros pajaritos y por eso estaban tirando los otros huevos y dejaba el suyo en  el nido de los pajaritos. Porque  los cucos suelen poner solamente un huevo y lo ponen en el nido  ajeno porque ellos nunca hacen nido. Nos decían nuestros padres que los cucos nunca encubaban sus  huevos, por eso lo ponían en otro nido para que lo encubaran otros pájaros. Lo que si os digo si alguna vez leéis  este relato verdadero de mi niñez es que os pido que  cuidemos  la  naturaleza, porque todos los  seres  vivos, empezando  por las personas, animales, y plantas, somos la naturaleza. Parte de DIOS.

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