viernes, 22 de junio de 2012

CUENTO NUMERO DIEZ


RECUERDOS  ESPECIALES  DE  MI  NIÑEZ. BASADOS EN  HECHOS  REALES 

  RECUERDOS  DE  LA  ABUELA  GUAY  PARA  SUS  NIETOS  MARTÍN,  XAVI,   AMADA, BELTRAN:

  NUMERO  DIEZ.
.
Cuando mis amigas, amigos y yo teníamos  siete años, empezamos  la catequesis. Para mí  fue una vivencia que nunca olvidaré, especialmente cuando el sacerdote empezó a  explicarnos todo sobre Jesús. Aunque mis papas ya habían enseñado a rezar a todos sus hijos.     

Yo, cuando el sacerdote  empezó hablar de Dios, Jesús y Espíritu  Santo,  con siete  años  no comprendía que  tres personas distintas fueran una sola, y le pregunte: "como tres personas puede ser una sola", y él me miró  y me dijo,  "buena pregunta". Y nos miro a todos y nos explicó: "escuchad  todos con atención, en este año que tenéis que aprender muchas cosas, veréis lo bueno que es aprender  la catequesis."    

Todos los domingos por la tarde, íbamos a la catequesis. Lo primero que nos dio fue  un libro, que teníamos que estudiar, lo que él nos apuntaba. Pero él  nos decía que nos fijáramos bien en el significado de las palabras que era lo más importante. Si alguna cosa no entendíamos al domingo siguiente él nos lo explicaba. Y así sucesivamente  hasta final de curso. Dos días antes de la comunión fuimos a confesar. Estábamos muy nerviosos. Para nosotros era un acontecimiento muy  importante, la verdad que nos portamos muy bien ese día y el día de la comunión. Al finalizar de la misa y de haber comulgado, nos tenía  la mama y la hermana del sacerdote un desayuno estupendo, chocolate con bollos que hacían ellas en su casa. Porque el sacerdote tenía su casa, en  la aldea donde estaba la Iglesia, parroquia a la que  pertenecíamos (eran cinco las aldeas que formaban nuestra parroquia).  Luego  cada uno celebramos la comida con la familia en casa y cuando empezó el nuevo curso empezamos la preparación para la Confirmación.

Ya estábamos más formados y aprendíamos mucho más. Cuando llegaba  la primavera íbamos todos los días al rosario. También iban todos los chicos y chicas mayores que nosotros. Los jueves había Vía Crucis, había unas canciones muy bonitas. Cantaba la juventud como ruiseñores. El domingo de Ramos llevábamos los ramos  de laurel para que los bendijera el sacerdote. En Semana Santa, tapaban Los Monumentos Del Santísimo Cristo, La  Virgen y todos los santos,  con mantos morados. A mi me daba mucha impresión verlos tapados. El jueves  santo, los labradores trabajaban hasta  las diez de la mañana, a esa hora dejaban de trabajar porque empezaba el día  santo, hasta el día siguiente Viernes Santo a las diez de la mañana no se volvía a trabajar. Porque decían que hasta esa hora era día festivo.

El Jueves Santo por la tarde noche había vía crucis, era una divinidad verlo, ponían doce lamparitas, las encendían todas y empezaba el vía crucis. Cada vez que se recorría una estación, se apagaba una lamparita, y  los chicos y las chicas jóvenes cantaban las  canciones, que era de lo más  lindo, así  hasta las doce  estaciones. Entonces se apagó la ultima lamparita, se apagaron todas las velas,  se quedó la Iglesia  a oscuras en silencio y  los jóvenes con varas de avellano  empezaron a golpear el suelo como si fuera una música, así unos cinco minutos. Cuando se encendieron las velas, los abuelos y los papas estaban llorando de emoción. Salíamos todos de la Iglesia que ya no se abría hasta el sábado por la mañana.      

El sábado por la mañana, íbamos los niños y las niñas a la Iglesia para que el sacerdote nos bendijera el agua. Cuando la llevábamos a casa, mi mama cogía parte del agua bendita  y ramas de laurel  bendecidas e  iba a bendecir las tierras y los prados. Como descendientes de celtas, hacia lo mismo que durante siglos hicieron ellos, con ritos parecidos.

El domingo de Pascua ibamos a misa por la mañana y cuando volviamos,  nos daban los padrinos la  bolla de Pascua, que era el regalo de los padrinos a los  ahijados.    

Desde el Domingo de Pascua hasta el mes de Junio que venía el Obispo para confirmarnos, quedaban dos meses. Fueron muy importantes, haciendo todos los jóvenes los preparativos del acontecimiento, porque para nosotros era muy esperada la confirmación.            

En el mes de Mayo,  íbamos al rosario por la tarde noche,  porque era el mes de las flores a la Virgen  María. Llego Junio y los jóvenes ya tenían todos los preparativos, para empezar a hacer los arcos.  Hicieron cinco arcos de laurel, era una preciosidad cada cual más bonito. Después de tenerlos hechos, los adornaron con  las flores más  bonitas  que había.  También hicieron unas banderitas  para que las lleváramos  los niños.   

Llego el día del  acontecimiento y fuimos con las banderitas de todos los colores para ir a esperar al Obispo, a la entrada de la aldea. Y allí estábamos todos los vecinos que pertenecíamos a la parroquia, y cuando llegó, nos vio a los pequeños  con las banderitas y los  chicos tocando la gaita y el bombo y las chicas cantando. Nos fuimos hacia la Iglesia y llegamos donde estaban los arcos y se quedo alucinado al ver la maravilla que habían hecho los jóvenes, era digno de ver. El sacerdote se lo iba explicando y cuando paso por dentro de los arcos y llego a la puerta de la Iglesia, se dio la vuelta y tenía los ojos llenos de lagrimas. Nunca se me olvida la imagen de la cara del Obispo, al ver lo  impresionado que quedo  ver las maravillas que hicieron lo jóvenes. Emocionado, dio  las gracias. 

Fue un acontecimiento precioso, nos confirmó a todos. Y cuando se fue, fuimos todos a despedirlo. No tenía  ganas de irse, estaba muy contento.

  

domingo, 10 de junio de 2012

CUENTO NUMERO NUEVE



RECUERDOS  DE MI  NIÑEZ  BASADOS  EN  HECHOS  REALES: 
 DE LA ABUELA  GUAY  PARA SUS NIETOS.
MARTIN,  XAVI,  AMANDA,  BELTRAN 

BASADOS ES ECHOS REALES. NUMERO NUEVE  
:

Cuando yo tenía  de seis a siete años, iba  con mis amigas y amigos a jugar. Cuando llegaba la primavera,  íbamos a coger huevos a los nidos de los pájaros, cuando encontrábamos un nido con huevos, lo primero que hacíamos, era  un pocito y lo llenábamos de agua,  y cuando lo teníamos todo preparado, cogíamos un huevo y lo metíamos en el  agua del pozo. Si quedaba flotando, veíamos que estaba ya incubándose y lo devolvíamos al nido, pero si el huevo se iba al fondo del pozo veíamos que se podía  coger. Siempre dejábamos huevos en el nido, si tenían cuatro dejábamos dos y así sucesivamente, lo que no hacíamos era coger todos los huevos. Porque nos daba mucha pena, hablábamos, como  éramos  pequeños creíamos que los pajaritos quedaban muy triste y que  llorarían, y si dejábamos huevos  estarían muy contentos. Pensábamos que como no sabían contar, ellos viendo huevos en el nido estaban contentos y así era.

También cogíamos huevos de tordas  que eran más grandes que los de pajaritos. Y huevos de codornices y perdices. Estas ponían los nidos en el suelo, en medio de los trigales y el  centeno. Cuando íbamos a coger los huevos, teníamos que vigilarlas para ver donde tenían el nido y allí íbamos. Tenían de diez a quince huevos, siempre dejábamos la mitad y cogíamos la otra mitad.        

También cogíamos los huevos de águila, esta hacia el nido en la sierra entre la maleza. Nada más ponían de dos a tres huevos, cogíamos uno nada más. Eran como los de gallina.  

Cuando ya teníamos alrededor de trescientos huevos, nuestras mamas nos  hacían las tortillas, pero un año cuando ya nos las habían  hecho y ya teníamos todo preparado para empezar  a comer, vinieron los mayores y nos las comieron. Empezamos todos a llorar y nuestras mamas les regañaron mucho, les dijeron  que no volvieran a hacerlo más y a nosotros nos dijeron que nos hacían otras tortillas de huevos de gallinas. Pero les dijimos que no, que queríamos nuestras tortillas. Les partía el corazón al vernos tan tristes. No sabían qué  hacer, pero hasta el año siguiente no volvimos a comer nuestras tortillas.  
       
Nunca cogíamos huevos de cuervo, nos daba asco. Eran unos carroñeros comían toda la porquería. Ni tampoco el del cuco.  

Un día estábamos sentados a la sombra  y vimos dos pajaritos muy alborotados y nos levantamos y fuimos corriendo a ver lo que pasaba, no  entendíamos que había otro pájaro más  grande tirándoles los huevos al suelo, nos acercamos para que no les tirara todos.

Cuál  fue nuestra sorpresa, que cuando llegamos había  tres huevos pequeños y uno muy grande, dejamos los de los pajaritos y quitamos el grande. Lo llevamos a casa. Lo  contamos a nuestros papas y nos dijeron que el huevo que llevábamos era del cuco. Nos explicaron que el cuco siempre ponía el  huevo en otro nido, para que lo encubaran otros pajaritos y por eso estaban tirando los otros huevos y dejaba el suyo en  el nido de los pajaritos. Porque  los cucos suelen poner solamente un huevo y lo ponen en el nido  ajeno porque ellos nunca hacen nido. Nos decían nuestros padres que los cucos nunca encubaban sus  huevos, por eso lo ponían en otro nido para que lo encubaran otros pájaros. Lo que si os digo si alguna vez leéis  este relato verdadero de mi niñez es que os pido que  cuidemos  la  naturaleza, porque todos los  seres  vivos, empezando  por las personas, animales, y plantas, somos la naturaleza. Parte de DIOS.