lunes, 23 de julio de 2012

CUENTO NUMERO ONCE


RECUERDOS  DE  MI  NIÑEZ. BASADOS EN HECHOS REALES: 

DE  MI  FAMILIA,  DE  MIS  PADRES  Y  MIS  CINCO  HEMANOS

PARA  MIS NIETOS  MARTIN, XAVI,  AMANDA,  BELTRAN 

NÚMERO ONCE:

Cuando yo tenía  cinco años, es cuando  empecé a tener mis primeros recuerdos.  Lo primero que recuerdo es  la educación  de mis padres, con todo el cariño del mundo. Según la edad que teníamos, iban enseñándonos las cosas como eran. Nos hacían comprender el  significado  de la enseñanza que nos daban para que supiéramos que teníamos  que obedecer  a los papas.


Como yo era la penúltima de los seis hermanos, también aprendía  de los mayores.  Éramos  una familia muy religiosa  y lo seguimos (siendo la educación de los padres  nunca se ol:vida). Cuando nos sentábamos a la mesa  para comer,  antes de empezar, mi padre bendecía la mesa. Fuimos creciendo y la enseñanza de los padres la sentíamos con más fuerza.


Todos los días de la semana íbamos a clase. Había una escuela para la parroquia que eran cinco aldeas. Mis  hermanas y hermano mayores ya dejaban la  escuela para ayudar a mis padres en la faena del campo. Las más pequeñas seguíamos en la escuela, pero  mis padres  y los vecinos de la aldea, cuando llegaba Octubre, contrataban un profesor titulado, desde Octubre hasta  Abril ambos inclusive, para que les diera clase a mis hermanos mayores y los vecinos de la aldea de la misma edad, cuando venían por la tarde de trabajar. El profesor les  estaba  esperando  para empezar a darles las tres horas  que tenían de clase contratadas.

Cada día mis hermanas y hermano y  todos los vecinos, aprendían muchísimo, eran muy buenos profesores. Las pequeñas también estudiábamos mucho.  Me acuerdo cuando aprendí a sumar. Lo que menos me gustaba era sumar con decimales, pero mi padre ahí estaba. Para que lo entendiéramos, nos lo explicaba de tal manera que pronto comprendíamos el significado. Aprendimos a sumar, restar, multiplicar dividir, quebrados, raíz cuadrada, raíz cubica. De ahí, ya pasábamos a los problemas. Leíamos muy bien y escribíamos muy bien.


Mis hermanas y hermano eran unos jóvenes  muy guapos  con un  tipazo.  Eran  muy  altos,  ya empezaron  a ir  a las fiestas pero siempre con el permiso de mis padres,  que siempre lo tenían, porque eran muy buenos hijos y muy obedientes. Cuando iban a las fiestas y se ponían a arreglarse, allí íbamos mi hermana  la pequeña y yo a ver como lo hacían. Ya cuando se iban a poner la ropa para irse nos decían que saliéramos de la habitación y nosotras les decíamos que nos dejaran quedarnos que cerrábamos los ojos y se reían y nos dejaban, pero teníamos que cerrar los ojos  hasta que estuvieran con la ropa puesta. Mis padres  se partían de risa al ver lo que hacían mis hermanas con nosotras, y lo inocentes que  éramos  con aquella edad.  Ya cuando estaban arregladas,  iban a que mis padres les dieran  el visto bueno y así  lo  hacían, pero siempre diciéndoles como tenían que comportarse. Les decían a mis hermanas que bailaran con todos los chicos aunque no les  gustaran. Que  bailaran con ellos, aun que fueran poco agraciados, bajos, feos , que siempre  hacían un bien a los demás, y quedaban bien ante los demás, y ellas así  lo hacían, como buenas hijas y obedientes y los chicos se ponían muy contentos al haber bailado con las chicas más guapas y mejores mozas. 

Cuando llegaba la recogida de la hierba y empezaban a recogerla, comenzaban a  cantar. Lo hacían  muy bien y  todo  el pueblo se sentaba a escucharlas  porque  cantaban muy bien.

Igual cuando recogían el trigo y el centeno. Las legumbres, las patatas, el maíz, las avellanas, nueces, castañas, y así  sucesivamente. Cuando llegaban los carnavales, las chicas se vestían con la ropa de los chicos y los chicos  con la ropa de las chicas, iban por todas las casas a pedir el aguinaldo. Como llevaban las caretas puestas no los conocía nadie, era una bendición de Dios. 

Bendita niñez  y benditos recuerdos tan bonitos y la felicidad de la familia, de tener unos padres tan buenos y comprensivos, que nunca nos falto nada con ellos y la educación que nos dieron. Ahí estuvieron a nuestro lado aconsejándonos y haciéndonos comprender lo bueno y el peligro,   haciéndonos ver el camino que debíamos tomar, para nuestro  bien y el de la familia. 

Me quedo con este recuerdo  de una  familia buena.  Y que nos  queramos todos  siempre. Mis  queridos padres, gracias por todo lo  bueno que habéis hecho por nosotros, gracias  donde quiera que estéis. Espero que estéis en el  Cielo, por los buenos padres y las buenas personas que erais.  Cuantas veces fue la gente a pediros cosas y nunca habéis  dicho que no. Gracias padres, siempre os tengo en mi corazón.  Os quiero, un beso para los dos de vuestra hija.       

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